EL AUTOR, EXCUSÁNDOSE DE SU YERRO
EN ESTA OBRA QUE ESCRIBIÓ, CONTRA SÍ ARGUYE Y COMPARA
El silencio escuda y suele
encubrir
Las faltas de ingenio y las
torpes lenguas;
Blasón, que es contrario, publica
sus menguas[1]
A quien mucho habla sin mucho
sentir.
Como la hormiga que deja de ir
Holgando por tierra con la
provisión,
Jactóse con alas de su perdición:
Lleváronla en alto, no sabe dónde
ir.
El aire gozando, ajeno y extraño,
Rapiña es ya hecha de aves que
vuelan;
Fuertes más que ella por cebo la
llevan:
En las nuevas alas estaba su
daño.
Razón es que aplique a mi pluma
este engaño,
No despreciando con los que
arguyen;[2]
Así que a mí mismo mis alas
destruyen,
Nublosas y flacas, nacidas de
hogaño.[3]
Donde ésta gozar pensaba volando,
O yo aquí escribiendo cobrar más
honor,
De lo uno y lo otro nació
disfavor:
Ella es comida y a mí están
cortando
Reproches, revistas y tachas.
Callando
Obstara,[4] y los daños de envidia e
murmuros;
Y así navegando, los puertos
seguros
Atrás quedan todos ya, cuanto más
ando.
Si bien queréis ver mi limpio
motivo,
A cuál se endereza[5] de estos extremos,
Con cuál participa, quién rige
sus remos:
Amor apacible o desamor esquivo,
Buscad bien el fin de esto que
escribo,
O del principio leed su
argumento.
Leedlo y veréis que, aunque dulce
cuento,
Amantes, que os muestra salir de
cautivo.[6]
Como el doliente que píldora
amarga
O huye o recela o no puede
tragar,
Métenla dentro de dulce manjar:
Engáñase el gusto, la salud se
alarga.
Desta manera mi pluma se embarga
Imponiendo dichos lascivos,
rientes,
Atrae los oídos de penadas
gentes:
De grado[7] escarmientan y arrojan su
carga.
Este mi deseo cargado de antojos
Compuso tal fin que el principio
desata;
Acoré de dorar con oro de lata
Lo más fino oro que vio con sus
ojos
Y encima de rosas sembrar mil
abrojos.
Suplico pues suplan, discretos,
mi falta;
Teman groseros[8] y en obra tan alta
O vean y callen, o no den enojos.
Yo vi en Salamanca la obra
presente.
Movíme acabarla por estas
razones:
Es la primera que estoy en
vacaciones;
La otra que oí su inventor ser
sciente;
Y es la final, ver ya la más
gente
Vuelta y mezclada en vicios de
amor.
Estos amantes les pondrán temor
A fiar de alcahueta, ni de mal
sirviente.
Y así que esta obra, a mi flaco
entender,
Fue tanto breve cuanto muy sutil,
Vi que portaba sentencias dos
mil:
En forro[9] de gracias, labor de
placer.
No hizo Dédalo en su oficio y
saber
Alguna más prima entretalladura,
Si fin diera en esta su propia
escritura,
Corta, un gran hombre y de mucho
valer.
Jamás no vi en lengua romana
Después que me acuerdo, ni nadie
la vio,
Obra de estilo tan alto y subido
En lengua común vulgar
castellana.
No tiene sentencia de donde no
mana
Loable a su autor y eterna
memoria,
Al cual Jesucristo reciba en su
gloria
Por su pasión santa, que a todos
nos sana.
Vosotros que amáis, tomad este
ejemplo,
Este fino arnés con que os
defendáis;
Volved ya las riendas, porque no
os perdáis;
Load siempre a Dios visitando su
templo;
Andad sobre aviso, no seáis de
ejemplo
De muertos y vivos y propios
culpados.
Estando en el mundo yacéis
sepultados;
Muy gran dolor siento cuando esto
contemplo.
Olvidemos los vicios que así nos
prendieron,
No confiemos en vana esperanza;
Temamos Aquel que espinas y
lanza,
Azotes y clavos su sangre
vertieron;
La su santa faz herida escupieron,
Vinagre con hiel fue su potación,
A cada santo lado consintió un
ladrón.
Nos lleve, le ruego, con los que
creyeron.
PRÓLOGO
Todas
las cosas ser criadas a manera de contienda o batalla, dice aquel gran sabio
Heráclito en este modo: «Omnia
secundum litem fiunt». Sentencia,
a mi ver, digna de perpetua y recordable memoria. Y como sea cierto que toda
palabra del hombre sciente[10] está preñada,[11] de esta se puede decir
que de muy hinchada y llena quiere reventar, echando de sí tan crecidos ramos y
hojas que del menor pimpollo se sacaría harto fruto entre personas discretas.
Pero como mi pobre saber no baste a más de roer sus secas cortezas de los
dichos de aquellos que, por claror[12] de sus ingenios,
merecieron ser aprobados; con lo poco que de allí alcanzare, satisfaré al
propósito de este breve prólogo. Hallé esta sentencia corroborada por aquel
gran orador y poeta laureado Francisco Petrarca: Sin lid y ofensión[13] ninguna cosa engendró la
Natura, madre de todo. Dice más adelante: «En verdad así es, y así todas las
cosas de esto dan testimonio: las estrellas se encuentran en el arrebatado
firmamento del cielo; los adversos elementos unos con otros rompen pelea;
tremen[14] las tierras; ondean los
mares; el aire se sacude; suenan las llamas; los vientos entre sí traen perpetua
guerra; los tiempos con tiempos contienden y litigan entre sí, uno a uno y
todos contra nosotros.» El verano vemos que nos aqueja con calor demasiado; el
invierno, con frío y aspereza; así que esto nos parece revolución temporal.
Esto con que nos sostenemos, esto con que nos criamos y vivimos, si comienza a
ensoberbecerse más de lo acostumbrado, no es sino guerra. Y cuánto se ha de
temer, se manifiesta por los grandes terremotos y torbellinos, por los
naufragios e incendios, así celestiales como terrenales; por la fuerza de los
aguaduchos, por aquel bramar de truenos, por aquel temeroso ímpetu de rayos,
aquellos cursos y recursos de las nubes; de cuyos abiertos movimientos, para
saber la secreta causa de que proceden, no es menor la disensión de los
filósofos en las escuelas que de las ondas en la mar. Pues entre los animales
ningún género carece de guerra: peces, fieras, aves, serpientes... de lo cual
todo, una especie a otra persigue. El león al lobo; el lobo, la cabra; el
perro, la liebre; y, si no pareciese conseja de tras el fuego,[15] yo llegaría más al cabo[16] esta cuenta. El elefante,
animal tan poderoso y fuerte, se espanta y huye de la vista de un suciuelo[17] ratón, y aun de sólo
oírle toma gran temor. Entre las serpientes, el bajarisco crió la Natura tan
ponzoñoso y conquistador de todas las otras que con su silbo las asombra y con
su venida las ahuyenta y disparce,[18] con su vista las mata. La
víbora, reptilia o serpiente enconada, al tiempo del concebir, por la boca de
la hembra metida la cabeza del macho, y ella, con el gran dulzor, apriétale
tanto que le mata; y, quedando preñada, el primer hijo rompe las ijares de la
madre, por do todos salen y ella muerta queda y él casi como vengador de la
paterna muerte. ¿Qué mayor lid, qué mayor conquista ni guerra que engendrar en
su cuerpo quien coma sus entrañas?
Pues
no menos disensiones naturales creemos haber en los pescados; pues es cosa
cierta gozar la mar de tantas formas de peces, cuantas la tierra y el aire cría
de aves e animalias, e muchas más. Aristóteles y Plinio cuentan maravillas de
un pequeño pez llamado «echeneis», cuánto sea apta su propiedad para diversos
géneros de lides. Especialmente tiene una: que si llega a una nao o carraca[19] la detiene, que no se
puede menear, aunque vaya muy recio[20] por las aguas; de lo cual
hace Lucano mención, diciendo: «No falta allí el pez dicho Echeneis, que
detiene las fustas, cuando el viento Euro extiende las cuerdas en medio de la
mar» ¡Oh natural contienda, digna de admiración: poder más un pequeño pez que un
gran navío con toda la fuerza de los vientos!
¿Pues
qué diremos entre los hombres a quien todo lo sobredicho es sujeto? ¿Quién
explanará[21]
sus guerras, sus enemistades, sus envidias, sus aceleramientos e movimientos y
descontentamientos? ¿Aquel mudar de trajes, aquel derribar y renovar edificios,
y otros muchos afectos diversos y variedades que de esta nuestra flaca
humanidad nos provienen?
Y pues es antigua querella y
suscitada de largos tiempos, no quiero maravillarme si esta presente obra ha
sido instrumento de lid o contienda a sus lectores para ponerlos en
diferencias, dando cada uno sentencia sobre ella a sabor de su voluntad. Unos
decían que era prolija; otros, breve; otros, agradable; otros, oscura... de
manera que cortarla a medida de tantas e tan diferentes condiciones a sólo Dios
pertenece. Mayormente pues ella, con todas las otras cosas que al mundo son, va
debajo de la bandera de esta notable sentencia; que aun la misma vida de los
hombres, si bien lo miramos, desde la primera edad hasta que blanquean las
canas, es batalla. Los niños con los juegos, los mozos con las letras, los
mancebos con los deleites, los viejos con mil especies de enfermedades pelean,
y estos papeles con todas las edades: la primera los borra y rompe; la segunda
no los sabe bien leer; la tercera, que es la alegre juventud y mancebía,
discorda.[22]
Unos les roen los huesos[23] que no tienen virtud, que
es la historia toda junta, no aprovechándose de las particularidades haciendo
la cuenta de camino; otros pican los donaires y refranes comunes, loándolos con
toda atención, dejando pasar por alto lo que hace más al caso y utilidad suya.
Pero aquellos para cuyo verdadero placer es todo, desechan el cuento de la
historia para contar, coligen la suma[24] para su provecho, ríen lo
donoso, las sentencias y dichos de filósofos guardan en su memoria para
trasponer en lugares convenibles a sus actos y propósitos. Así que cuando diez
personas se juntaren a oír esta comedia, en quien quepa esta diferencia de
condiciones como suele acaecer, ¿quién negará que haya contienda en cosa que de
tantas maneras se entienda? Que aun los impresores han dado sus punturas,
poniendo rúbricas o sumarios al principio de cada acto, narrando en breve lo
que dentro contenía: una cosa bien excusada, según lo que los antiguos
escritores usaron. Otros han litigado sobre el nombre, diciendo que no se había
de llamar «comedia», pues acababa en tristeza, sino que se llamase «tragedia».
El primer autor quiso darle denominación del principio, que fue placer, y la
llamó «comedia». Yo, viendo estas discordias, entre estos extremos partí ahora
por medio la porfía y la llamé «tragicomedia». Así que viendo estas contiendas,
estos dísonos[25]
y varios juicios, miré a dónde la mayor parte acostaba y hallé que querían que
se alargase en el proceso de su deleite destos amantes, sobre lo cual fui muy
importunado.[26]
De manera que acordé, aunque contra mi voluntad, meter segunda vez la pluma en
tan extraña labor y tan ajena de mi facultad, hurtando algunos ratos a mi
principal estudio, con otras horas destinadas para recreación; puesto que no
han de faltar nuevos detractores a la nueva adición.
PRIMER AUTO
CALISTO. En esto veo, Melibea, la
grandeza de Dios.
MELIBEA. ¿En qué, Calisto?
CALISTO. En dar poder a Natura
que de tan perfecta hermosura te dotase e hacer a mi inmérito[27] tanta merced que verte
alcanzase, y en tan conveniente lugar que mi secreto dolor manifestarte
pudiese. Sin duda incomparablemente es mayor tal galardón que el servicio,
sacrificio, devoción e obras pías que, por este lugar alcanzar, tengo yo a Dios
ofrecido; ni otro poder mi voluntad humana puede cumplir. ¿Quién vio en esta
vida cuerpo glorificado de ningún hombre como ahora el mío? Por cierto, los
gloriosos santos, que se deleitan en la visión divina, no gozan más que yo
ahora en el acatamiento[28] tuyo. Mas, ¡oh triste!,
que en esto diferimos: que ellos puramente se glorifican, sin temor de caer de
tal bienaventuranza; y yo, mixto,[29] me alegro con recelo del
esquivo[30] tormento que tu ausencia
me ha de causar.
MELIBEA. Por gran premio tienes
esto, Calisto.
CALISTO. Lo tengo por tanto, en
verdad, que si Dios me diese en el cielo la silla sobre sus santos, no lo
tendría por tanta felicidad.
MELIBEA. Pues aun más igual
galardón te daré yo, si perseveras.
CALISTO. ¡Oh bienaventuradas
orejas mías que indignamente tan gran palabra habéis oído!
MELIBEA. Mas desventuradas, de
que me acabes de oír, porque la paga será tan fiera cual merece tu loco
atrevimiento. Y el intento de tus palabras ha sido como de ingenio de tal
hombre como tú: haber de salir para se perder en la virtud de tal mujer como
yo. ¡Vete, vete de ahí, torpe; que no puede mi paciencia tolerar que haya
subido en corazón humano [para] conmigo el ilícito amor comunicar su deleite!
CALISTO. Iré como aquel contra
quien solamente la adversa fortuna pone su estudio[31] con odio cruel.
CALISTO. ¡Sempronio! ¡Sempronio!
¡Sempronio! ¿Dónde está este maldito?
SEMPRONIO. Aquí soy, señor,
cuidando de estos caballos.
CALISTO. Pues, ¿cómo sales de la
sala?
SEMPRONIO. Se abatió el gerifalte
y le vine a enderezar en el alcándara.[32]
CALISTO. ¡Así los diablos te
ganen! ¡Así por infortunio arrebatado perezcas o perpetuo intolerable tormento
consigas, el cual en grado incomparable a la penosa e desastrada muerte que
espero traspase! ¡Anda, anda malvado, abre la cámara y endereza la cama!
SEMPRONIO. Señor, luego[33] hecho es.
CALISTO. Cierra la ventana. Y
deja la tiniebla acompañar al triste y al desdichado la ceguedad: mis
pensamientos tristes no son dignos de luz. ¡Oh bienaventurada muerte aquella
que, deseada, a los afligidos viene! ¡Oh si vinieses ahora Erasístrato, médico,
sentirías mi mal! ¡Oh piedad de Seleuco, inspira en el plebérico[34] corazón por que, sin
esperanza de salud, no envíe el espíritu perdido con el desastrado Píramo y la
desdichada Tisbe!
SEMPRONIO. ¿Qué cosa es?
CALISTO. ¡Vete de ahí! No me
hables; si no, quizá antes del tiempo de mi rabiosa muerte mis manos causarán
tu arrebatado fin.
SEMPRONIO. Iré, pues solo quieres
padecer tu mal.
CALISTO. ¡Ve con el diablo!
SEMPRONIO. (Aparte) No creo,
según pienso, ir conmigo el que contigo queda. (A solas) ¡Oh desventura! ¡Oh
súbito mal! ¿Cuál fue tan contrario acontecimiento que así tan presto robó el
alegría de este hombre y, lo que peor es, junto con ella el seso? ¿Dejarle he
solo o entraré allá? Si le dejo, matarse ha; si entro allá, matarme ha.
Quédese, no me curo.[35] Más vale que muera aquel
a quien es enojosa la vida que no yo, que huelgo[36] con ella; aunque por ál[37] no desease vivir sino por
ver mi Elicia, me debería guardar de peligros. Pero si se mata sin otro
testigo, yo quedo obligado a dar cuenta de su vida. Quiero entrar. Mas, puesto
que[38] entre, no quiere
consolación ni consejo: asaz[39] es señal mortal no querer
sanar. Con todo, le quiero dejar un poco: desbrave, madure; que oído he decir que
es peligro abrir o apremiar las postemas duras, porque más se enconan.[40] Esté un poco. Dejemos
llorar al que dolor tiene, que las lágrimas e suspiros mucho desenconan el
corazón dolorido. Y aun, si delante me tiene, más conmigo se encenderá: que el
sol más arde donde puede reverberar; la vista a quien objeto no se antepone,
cansa, y cuando aquél es cerca, se aguza. Por eso me quiero sufrir un poco. Si
entretanto se matare, muera; quizá con algo me quedare que otro no sabe, con
que mude el pelo malo.[41] Aunque malo es esperar
salud en muerte ajena, y quizá me engaña el diablo. Y si muere, matarme han, e
irán allá la soga y el calderón.[42] Por otra parte, dicen los
sabios que es grande descanso a los afligidos tener con quien puedan sus cuitas
llorar y que la llaga interior más empece. Pues, en estos extremos en que estoy
perplejo, lo más sano[43] es entrar y sufrirle y
consolarle. Porque si posible es sanar sin arte ni aparejo, más ligero es
guarecer[44]
por arte y por cura.
CALISTO. ¡Sempronio!
SEMPRONIO. ¿Señor?
CALISTO. Dame acá el laúd.
SEMPRONIO. Señor, le ves aquí.
CALISTO. ¿Cuál dolor puede ser
tal que se iguale con mi mal?
SEMPRONIO. Destemplado está ese
laúd.
CALISTO. ¿Cómo templará el
destemplado? ¿Cómo sentirá el armonía aquel que consigo está tan discorde, aquel
en quien la voluntad a la razón no obedece? Quien tiene dentro del pecho
aguijones, paz, guerra, tregua, amor, enemistad, injurias, pecados,
sospechas... todo a una causa. Pero tañe y canta la más triste canción que
sepas.
SEMPRONIO. Mira Nero de Tarpeya a
Roma cómo se ardía; gritos dan niños y viejos, y él de nada se dolía.
CALISTO. Mayor es mi fuego y
menor la piedad de quien ahora digo.
SEMPRONIO. (Aparte) No me engaño
yo, que loco está este mi amo.
CALISTO. ¿Qué estás murmurando,
Sempronio?
SEMPRONIO. No digo nada.
CALISTO. Di lo que dices, no
temas.
SEMPRONIO. Digo que cómo puede
ser mayor el fuego que atormenta un vivo que el que quemó tal ciudad y tanta
multitud de gente.
CALISTO. ¿Cómo? Yo te lo diré:
mayor es la llama que dura ochenta años que la que en un día pasa, y mayor la
que quema un ánima que la que quemó cien mil cuerpos. Como de la apariencia a
la existencia, como de lo vivo a lo pintado, como de la sombra a lo real, tanta
diferencia hay del fuego que dices al que me quema. Por cierto, si el del
purgatorio es tal, más querría que mi espíritu fuese con los de los brutos
animales que por medio de aquél ir a la gloria de los santos.
SEMPRONIO. (Aparte) Algo es lo
que digo, a más ha de ir este hecho. No basta loco, sino hereje.
CALISTO. ¿No te digo que hables
alto cuando hablares? ¿Qué dices?
SEMPRONIO. Digo que nunca Dios
quiera tal, que especie es de herejía lo que ahora dijiste.
CALISTO. ¿Por qué?
SEMPRONIO. Porque lo que dices
contradice la cristiana religión.
CALISTO. ¿Qué a mí?
SEMPRONIO. ¿Tú no eres cristiano?
CALISTO. Yo melibeo soy y a
Melibea adoro y en Melibea creo y a Melibea amo.
SEMPRONIO. (Aparte) Tú te lo
dirás. ¡Cómo Melibea es grande: no cabe en el corazón de mi amo, que por la
boca le sale a borbollones! (En voz alta) No es más menester,[45] bien sé de qué pie
cojeas. Yo te sanaré.
CALISTO. Increíble cosa prometes.
SEMPRONIO. Antes fácil, que el
comienzo de la salud es conocer hombre la dolencia del enfermo.
CALISTO. ¿Cuál consejo puede
regir lo que en sí no tiene orden ni consejo?
SEMPRONIO. (Aparte) ¡Ja, ja, ja!
¿Este es el fuego de Calisto? ¿Estas son sus congojas? ¡Como si solamente el
Amor contra él asestase sus tiros! ¡Oh soberano Dios, cuán altos son tus
misterios! ¡Cuánta premia[46] pusiste en el amor, que
es necesaria turbación en el amante! Su límite pusiste por maravilla: parece al
amante que atrás queda. Todos pasan, todos rompen: pungidos y esgarrochados,
como ligeros toros,[47] sin freno saltan por las
barreras. Mandaste al hombre por la mujer dejar el padre y la madre. Ahora no
sólo aquello, mas a ti y tu ley desamparan, como ahora Calisto. Del cual no me
maravillo; pues los sabios, los santos, los profetas por ellas te olvidaron.
CALISTO. ¡Sempronio!
SEMPRONIO. ¿Señor?
CALISTO. No me dejes.
SEMPRONIO. (Aparte) De otro temple
está esta gaita.[48]
CALISTO. ¿Qué te parece de mi
mal?
SEMPRONIO. Que amas a Melibea.
CALISTO. ¿Y no otra cosa?
SEMPRONIO. Harto mal es tener la
voluntad en un solo lugar cautiva.
CALISTO. Poco sabes de firmeza.
SEMPRONIO. La perseverancia en el
mal no es constancia, mas dureza o pertinacia la llaman en mi tierra. Vosotros,
los filósofos de Cupido, llamadla como quisiereis.
CALISTO. Torpe cosa es mentir el
que enseña a otro, pues que tú te precias de loar a tu amiga Elicia.
SEMPRONIO. Haz tú lo que bien digo,
y no lo que mal hago.
CALISTO. ¿Qué me repruebas?
SEMPRONIO. Que sometes la
dignidad del hombre a la imperfección de la flaca mujer.
CALISTO. ¿Mujer? ¡Oh grosero!
¡Dios, Dios!
SEMPRONIO. ¿Y así lo crees, o
burlas?
CALISTO. ¿Que burlo? Por Dios la
creo, por Dios la confieso; y no creo que hay otro soberano en el cielo, aunque
entre nosotros mora.
SEMPRONIO. (Aparte) ¡Ja, ja, ja!
¿Oísteis qué blasfemia? ¿Visteis qué ceguedad?
CALISTO. ¿De qué te ríes?
SEMPRONIO. Me río que no pensaba
que había peor invención de pecado que en Sodoma.
CALISTO. ¿Cómo?
SEMPRONIO. Porque aquéllos
procuraron abominable uso con los ángeles no conocidos, y tú con el que
confiesas ser Dios.
CALISTO. ¡Maldito seas! Que hecho
me has reír, lo que no pensé hogaño.
SEMPRONIO. Pues qué, ¿toda tu
vida habías de llorar?
CALISTO. Sí.
SEMPRONIO. ¿Por qué?
CALISTO. Porque amo aquélla ante
quien tan indigno me hallo que no la espero alcanzar.
SEMPRONIO. (Aparte) ¡Oh
pusilánime! ¡Oh hideputa! ¡Qué Nemrod, qué magno Alejandro! Los cuales no sólo
del señorío del mundo, mas del cielo se juzgaron ser dignos.
CALISTO. No te oí bien eso que
dijiste. Torna, dilo,[49] no procedas.
SEMPRONIO. Dije que tú, que
tienes más corazón que Nemrod ni Alejandro, desesperas de alcanzar una mujer;
muchas de las cuales, en grandes estados constituidas, se sometieron a los
pechos y resuellos de viles acemileros, y otras a brutos animales. ¿No has
leído de Parsifae con el toro, de Minerva con Vulcano?
CALISTO. No lo creo, hablillas
son.
SEMPRONIO. Lo de tu abuela con el
simio, ¿hablilla fue? Testigo es el cuchillo de tu abuelo.
CALISTO. ¡Maldito sea este necio!
¡Y qué porradas dice!
SEMPRONIO. ¿Te escoció? Lee los
historiales, estudia los filósofos, mira los poetas. Llenos están los libros de
sus viles y malos ejemplos y de las caídas que llevaron los que en algo, como
tú, las reputaron.[50] Oye a Salomón, donde dice
que las mujeres y el vino hacen a los hombres renegar. Aconséjate con Séneca y
verás en qué las tiene. Escucha al Aristóteles, mira a Bernardo. Gentiles,
judíos, cristianos y moros, todos en esta concordia están. Pero lo dicho y lo
que de ellas dijere no te contezca error[51] de tomarlo en común; que
muchas hubo y hay santas y virtuosas y notables, cuya resplandeciente corona
quita el general vituperio. Pero de estas otras, ¿quién te contaría sus
mentiras, sus tráfagos, sus cambios, su liviandad, sus lagrimillas, sus
alteraciones, sus osadías (que todo lo que piensan, osan sin deliberar); sus
disimulaciones, su lengua, su engaño, su olvido, su desamor, su ingratitud, su
inconstancia, su testimoniar, su negar, su revolver, su presunción, su
vanagloria, su abatimiento, su locura, su desdén, su soberbia, su sujeción, su
parlería, su golosina, su lujuria e suciedad; su miedo, su atrevimiento, sus
hechicerías, sus embaimientos,[52] sus escarnios, su
deslenguamiento, su desvergüenza, su alcahuetería? ¡Considera qué sesito está
debajo de aquellas grandes y delgadas tocas! ¡Qué pensamientos so[53] aquellas gorgueras,[54] so aquel fausto, so
aquellas largas y autorizantes ropas! ¡Qué imperfección, qué albañares[55] debajo de templos
pintados! Por ellas es dicho: arma del diablo, cabeza de pecado, destrucción de
paraíso. ¿No has rezado en la festividad de San Juan, donde dice: las mujeres y
el vino hacen los hombres renegar; donde dice: ésta es la mujer, antigua
malicia que a Adán echó de los deleites de paraíso; ésta el linaje humano metió
en el infierno; a ésta menospreció Elías profeta, etc.?
CALISTO. Di pues, ese Adán, ese
Salomón, ese David, ese Aristóteles, ese Virgilio, esos que dices, ¿cómo se
sometieron a ellas? ¿Soy más que ellos?
SEMPRONIO. A los que las
vencieron querría que remedases,[56] que no a los que de ellas
fueron vencidos. Huye de sus engaños, sabe que hacen cosas que es difícil
entenderlas. No tienen modo, no razón, no intención. Por rigor[57] comienzan el ofrecimiento
que de sí quieren hacer; a los que meten por los agujeros, denuestan en la
calle. Convidan, despiden, llaman, niegan, señalan amor, pronuncian enemiga; se
ensañan presto, se apaciguan luego; quieren que adivinen lo que quieren. ¡Oh
qué plaga! ¡Oh qué enojo! ¡Oh qué hastío es conferir[58] con ellas más de aquel
breve tiempo que aparejadas son a deleite!
CALISTO. ¿Ves? Mientras más me
dices y más inconvenientes me pones, más la quiero. No sé qué se es.
SEMPRONIO. No es este juicio para
mozos, según veo, que no se saben a razón someter, no se saben administrar.
Miserable cosa es pensar ser maestro el que nunca fue discípulo.
CALISTO. Y tú, ¿qué sabes? ¿Quién
te mostró esto?
SEMPRONIO. ¿Quién? Ellas, que
desde que se descubren, así pierden la vergüenza que todo esto y aun más a los
hombres manifiestan. Ponte, pues, en la medida de honra, piensa ser más digno
de lo que te reputas; que, cierto, peor extremo es dejarse hombre caer de su
merecimiento que ponerse en más alto lugar que debe.
CALISTO. Pues, ¿quién yo para
eso?
SEMPRONIO. ¿Quién? Lo primero,
eres hombre y de claro ingenio. Y más, a quien la Natura dotó de los mejores
bienes que tuvo, conviene a saber: hermosura, gracia, grandeza de miembros,
fuerza, ligereza. Y allende de[59] esto, Fortuna
medianamente partió contigo lo suyo, en tal cantidad que los bienes que tienes
de dentro con los de fuera resplandecen. Porque sin los bienes de fuera, de los
cuales la Fortuna es señora, a ninguno acaece en esta vida ser bienaventurado.
Y más, a constelación,[60] de todos eres amado.
CALISTO. Pero no de Melibea. Y en
todo lo que me has gloriado, Sempronio, sin proporción ni comparación se
aventaja Melibea. Mira la nobleza e antigüedad de su linaje, el grandísimo
patrimonio, el excelentísimo ingenio, las resplandecientes virtudes, la altitud
e inefable gracia, la soberana hermosura... de la cual te ruego me dejes hablar
un poco, por que haya algún refrigerio.[61] Y lo que te dijere será
de lo descubierto; que si de lo oculto yo hablarte supiera, no nos fuera
necesario altercar[62] tan miserablemente estas
razones.
SEMPRONIO. (Aparte) ¡Qué mentiras
y qué locuras dirá ahora este cautivo de mi amo!
CALISTO. ¿Cómo es eso?
SEMPRONIO. Dije que digas, que
muy gran placer habré de oírlo. (Aparte) ¡Así te medre[63] Dios como me será
agradable ese sermón!
CALISTO. ¿Qué?
SEMPRONIO. Que así me medre Dios,
como me será gracioso de oír.
CALISTO. Pues por que hayas
placer, yo lo figuraré por partes mucho por extenso.
SEMPRONIO. (Aparte) ¡Duelos
tenemos, esto es tras lo que yo andaba! De pasarse habrá ya esta importunidad.
CALISTO. Comienzo por los
cabellos. ¿Ves tú las madejas del oro delgado que hilan en Arabia? Más lindos
son y no resplandecen menos. Su longura hasta el postrero asiento de sus pies;[64] después crinados[65] y atados con la delgada
cuerda, como ella se los pone, no ha más menester para convertir los hombres en
piedras.
SEMPRONIO. (Aparte) Más en asnos.
CALISTO. ¿Qué dices?
SEMPRONIO. Dije que esos tales no
serían cerdas de asno.
CALISTO. ¡Ved qué torpe y qué
comparación!
SEMPRONIO. (Aparte) ¿Tú cuerdo?
CALISTO. Los ojos verdes,
rasgados; las pestañas, luengas; las cejas, delgadas y alzadas; la nariz,
mediana; la boca, pequeña; los dientes, menudos y blancos; los labios,
colorados y grosezuelos; el contorno del rostro, poco más luengo que redondo;
el pecho, alto. La redondez y forma de las pequeñas tetas, ¿quién te la podría
figurar?... ¡que se despereza el hombre cuando las mira! La tez lisa, lustrosa;
el cuero suyo oscurece la nieve; la color, mezclada cual ella la escogió para
sí.
SEMPRONIO. (Aparte) En sus trece
está este necio.
CALISTO. Las manos, pequeñas en
mediana manera, de dulce carne acompañadas; los dedos, luengos; las uñas en
ellos, largas y coloradas, que parecen rubíes entre perlas. Aquella proporción
que ver yo no pude, sin duda, por el bulto de fuera, juzgo incomparablemente
ser mejor que la que Paris juzgó entre las tres diosas.
SEMPRONIO. ¿Has dicho?
CALISTO. Cuan brevemente pude.[66]
SEMPRONIO. Puesto que sea todo
eso verdad, por ser tú hombre eres más digno.
CALISTO. ¿En qué?
SEMPRONIO. En que ella es
imperfecta, por el cual defecto desea y apetece a ti, y a otro menor que tú.
¿No has leído el filósofo, donde dice: así como la materia apetece a la forma,
así la mujer al varón?
CALISTO. ¡Oh triste! ¿Y cuándo
veré yo eso entre mí y Melibea?
SEMPRONIO. Posible es. Y aun que
la aborrezcas cuanto ahora la amas podrá ser, alcanzándola e viéndola con otros
ojos, libres del engaño en que ahora estás.
CALISTO. ¿Con qué ojos?
SEMPRONIO. Con ojos claros.
CALISTO. Y ahora, ¿con qué la
veo?
SEMPRONIO. Con ojos de alinde,[67] con que lo poco parece
mucho y lo pequeño grande. Y por que no te desesperes, yo quiero tomar esta
empresa de cumplir tu deseo.
CALISTO. ¡Oh, Dios te dé lo que
deseas! ¡Qué glorioso me es oírte, aunque no espero que lo has de hacer!
SEMPRONIO. Antes, lo haré cierto.
CALISTO. Dios te consuele. El
jubón de brocado[68]
que ayer vestí, Sempronio, te lo viste tú.
SEMPRONIO. Te prospére Dios por
éste... (Aparte) Y por muchos más que me darás. De la burla yo me llevo lo
mejor. Con todo, si de estos aguijones me da, traérsela he hasta la cama.
Bueno, ando. Lo hace esto que me dio mi amo, que sin merced imposible es
obrarse bien ninguna cosa.
CALISTO. No seas ahora
negligente.
SEMPRONIO. No lo seas tú, que
imposible es hacer siervo diligente el amo perezoso.
CALISTO. ¿Cómo has pensado de
hacer esta piedad?
SEMPRONIO. Yo te lo diré. Días ha
grandes[69] que conozco, en fin de
esta vecindad, una vieja barbuda que se dice Celestina: hechicera, astuta,
sagaz en cuantas maldades hay. Entiendo que pasan de cinco mil virgos los que
se han hecho y deshecho por su autoridad en esta ciudad. A las duras peñas
promoverá e provocará a lujuria, si quiere.
CALISTO. ¿La podría yo hablar?
SEMPRONIO. Yo te la traeré hasta
acá. Por eso aparéjate, séle gracioso, séle franco. Estudia, mientras voy yo,
de le decir tu pena tan bien como ella te dará el remedio.
CALISTO. ¿Y tardas?
SEMPRONIO. Ya voy. Quede Dios
contigo.
CALISTO. Y contigo vaya. (A
solas) ¡Oh todopoderoso, perdurable Dios! Tú que guías los perdidos, y los
reyes orientales por el estrella precedente a Belén trajiste y en su patria los
redujiste,[70]
humildemente te ruego que guíes a mi Sempronio en manera que convierta mi pena
y tristeza en gozo, y yo, indigno, merezca venir en el deseado fin.
CELESTINA. ¡Albricias, albricias,[71] Elicia! ¡Sempronio,
Sempronio!
ELICIA. (Aparte) Ce, ce, ce.
CELESTINA. (Aparte) ¿Por qué?
ELICIA. (Aparte) Porque está aquí
Crito.
CELESTINA. (Aparte) Mételo en la
camarilla de las escobas, presto. Dile que viene tu primo y mi familiar.
ELICIA. (Aparte) Crito, retráete
ahí. Mi primo viene. Perdida soy.
CRITO. (Aparte) Pláceme. No te
congojes.
SEMPRONIO. ¡Madre bendita, qué
deseo traigo! Gracias a Dios que te me dejó ver.
CELESTINA. Hijo mío, rey mío, turbado
me has. No te puedo hablar. Torna y dame otro abrazo. ¿Y tres días pudiste
estar sin vernos? ¡Elicia! ¡Elicia! ¡Cátale[72] aquí!
ELICIA. ¿A quién, madre?
CELESTINA. A Sempronio.
ELICIA. ¡Ay, triste, qué saltos
me da el corazón! ¿Y qué es de él?
CELESTINA. Le ves aquí, le ves.
Yo me lo abrazaré, que no tú.
ELICIA. ¡Ay, maldito seas,
traidor! Postema y landre te mate,[73] y a manos de tus enemigos
mueras, y por crímenes dignos de cruel muerte en poder de rigurosa justicia te
veas. ¡Ay, ay!
SEMPRONIO. ¡Ji, ji, ji! ¿Qué es,
mi Elicia? ¿De qué te congojas?
ELICIA. Tres días ha que no me
ves. ¡Nunca Dios te vea, nunca Dios te consuele ni visite! ¡Ay de la triste que
en ti tiene su esperanza y el fin de todo su bien!
SEMPRONIO. Calla, señora mía. ¿Tú
piensas que la distancia del lugar es poderosa[74] de apartar el entrañable
amor, el fuego que está en mi corazón? Donde yo voy, conmigo vas, conmigo
estás. No te aflijas ni me atormentes más de lo que yo he padecido. Mas di,
¿qué pasos suenan arriba?
ELICIA. ¿Quién? Un mi enamorado.
SEMPRONIO. Pues lo creo
ELICIA. ¡A la fe, verdad es! Sube
allá y lo verás
SEMPRONIO. Voy.
CELESTINA. ¡Anda acá! Deja esa
loca, que es liviana y, turbada de tu ausencia, la saca ahora de seso. Dirá mil
locuras. Ven y hablemos. No dejemos pasar el tiempo en balde.
SEMPRONIO. Pues, ¿quién está
arriba?
CELESTINA. ¿Lo quieres saber?
SEMPRONIO. Quiero.
CELESTINA. Una moza que me
encomendó un fraile.
SEMPRONIO. ¿Qué fraile?
CELESTINA. No lo procures.[75]
SEMPRONIO. Por mi vida, madre,
¿qué fraile?
CELESTINA. ¿Porfías? El ministro,[76] el gordo.
SEMPRONIO. ¡Oh desventurada, y
qué carga espera!
CELESTINA. Todo lo llevamos.
Pocas mataduras[77]
has tú visto en la barriga.
SEMPRONIO. Mataduras, no; mas
petreras,[78]
sí.
CELESTINA. ¡Ay burlador!
SEMPRONIO. Deja si soy burlador,
muéstramela.
ELICIA. ¡Ah, don malvado! ¿Verla
quieres? ¡Los ojos se te salten, que no basta a ti una ni otra! ¡Anda, vela y
deja a mí para siempre!
SEMPRONIO. ¡Calla, Dios mío! ¿Y
te enojas? Que ni quiero ver a ella ni a mujer nacida. A mi madre quiero
hablar, y quédate adiós.
ELICIA. ¡Anda, anda vete,
desconocido! ¡Y está otros tres años que no me vuelvas a ver!
SEMPRONIO. Madre mía, bien
tendrás confianza y creerás que no te burlo. Toma el manto e vamos, que por el
camino sabrás lo que, si aquí me tardase en decir, impediría tu provecho y el
mío.
CELESTINA. Vamos. Elicia, quédate
a Dios. Cierra la puerta. ¡Adiós, paredes!
SEMPRONIO. ¡Oh madre mía, todas
cosas dejadas aparte, solamente sé atenta e imagina en lo que te dijere! Y no
derrames tu pensamiento en muchas partes; que quien junto en diversos lugares
le pone, en ninguno le tiene, y sino por caso determina lo cierto. Y quiero que
sepas de mí lo que no has oído: y es que jamás pude, después que mi fe contigo
puse, desear bien de que no te cupiese parte.[79]
CELESTINA. Parta Dios, hijo, de
lo suyo contigo; que no sin causa lo hará, siquiera porque has piedad de esta
pecadora de vieja. Pero di, no te detengas; que la amistad que entre ti e mí se
afirma, no ha menester preámbulos ni «correlarios»[80] ni aparejos para ganar
voluntad. Abrevia y ven al hecho, que vanamente se dice por muchas palabras lo
que por pocas se puede entender.
SEMPRONIO. Así es. Calisto arde
en amores de Melibea. De ti y de mí tiene necesidad. Pues juntos nos ha
menester, juntos nos aprovechemos: que conocer el tiempo y usar el hombre de la
oportunidad hace los hombres prósperos.
CELESTINA. Bien has dicho. Al
cabo estoy,[81]
basta para mi mecer el ojo.[82] Digo que me alegro de
estas nuevas, como los cirujanos de los descalabrados. Y como aquéllos dañan en
los principios las llagas y encarecen el prometimiento de la salud, así
entiendo yo hacer a Calisto. Alargarle he la certinidad[83] del remedio. Porque, como
dicen, la esperanza luenga aflige el corazón; y cuanto él la perdiere, tanto se
la prometeré. Bien me entiendes.
SEMPRONIO. Callemos que a la
puerta estamos y, como dicen, las paredes han oídos.
CELESTINA. Llama.
SEMPRONIO. (Llamando a la puerta)
¡Ta, ta, ta!
CALISTO. ¡Pármeno!
PÁRMENO. ¿Señor?
CALISTO. ¿No oyes, maldito sordo?
PÁRMENO. ¿Qué es, señor?
CALISTO. A la puerta llaman,
corre.
PÁRMENO. ¿Quién es?
SEMPRONIO. (Afuera) Abre a mí y a
esta dueña.
CALISTO. Calla, calla, malvado,
que es mi tía. Corre, corre, abre. (Aparte) Siempre lo vi: que por huir hombre
de un peligro, cae en otro mayor. Por encubrir yo este hecho de Pármeno, a
quien amor o fidelidad o temor pusieran freno, caí en indignación de esta que
no tiene menor poderío en mi vida que Dios.
PÁRMENO. ¿Por qué, señor, te
matas? ¿Por qué, señor, te congojas? ¿Y tú piensas que es vituperio en las
orejas de esta el nombre que la llamé? No lo creas, que así se glorifica en
oírle como tú cuando dicen: ¡diestro caballero es Calisto! Y demás, de esto es
nombrada y por tal título conocida. Si entre cien mujeres va y alguno dice
«¡puta vieja!», sin ningún empacho luego vuelve la cabeza y responde con alegre
cara. En los convites, en las fiestas, en las bodas, en las cofradías, en los
mortuorios, en todos los ajuntamientos de gentes con ella pasan tiempo. Si pasa
por los perros, aquello suena su ladrido; si está cerca las aves, otra cosa no
cantan; si cerca los ganados, balando lo pregonan; si cerca las bestias,
rebuznando dicen «¡puta vieja!»; las ranas de los charcos otra cosa no suelen
mentar. Si va entre los herreros, aquello dicen sus martillos; carpinteros y
armeros, herradores, caldereros, arcadores,[86] todo oficio de
instrumento forma en el aire su nombre; la cantan los carpinteros, la peinan
los peinadores tejedores; labradores en las huertas, en las aradas, en las
viñas, en las segadas con ella pasan el afán cotidiano. Al perder en los
tableros, luego suenan sus loores.[87] Todas cosas que son
hacen, a do quiera que ella está, el tal nombre representan. ¡Oh qué comedor de
huevos asados era su marido! Qué quieres más, sino que si una piedra toca con
otra, luego suena «¡puta vieja!».
CALISTO. Y tú, ¿cómo lo sabes y
la conoces?
PÁRMENO. Saberlo has. Días
grandes son pasados que mi madre, mujer pobre, moraba en su vecindad; la cual,
rogada[88] por esta Celestina, me
dio a ella por sirviente. Aunque ella no me conoce, por lo poco que la serví y
por la mudanza que la edad ha hecho.
CALISTO. ¿De qué la servías?
PÁRMENO. Señor, iba a la plaza y
le traía de comer y la acompañaba; suplía en aquellos menesteres que mi tierna
fuerza bastaba. Pero de aquel poco tiempo que la serví, recogía la nueva
memoria lo que la vejez no ha podido quitar. Tiene esta buena dueña al cabo de
la ciudad (allá cerca de las tenerías, en la cuesta del río) una casa apartada,
medio caída, poco compuesta y menos abastada.[89] Ella tenía seis oficios,
conviene saber: labrandera,[90] perfumera, maestra de
hacer afeites y de hacer virgos, alcahueta e un poquito hechicera. Era el
primer oficio cobertura de los otros; so color del[91] cual muchas mozas, de
estas sirvientes, entraban en su casa a labrarse, y a labrar camisas y
gorgueras y otras muchas cosas. Ninguna venía sin torrezno, trigo, harina o
jarro de vino, y de las otras provisiones que podían a sus amas hurtar. Y aun
otros hurtillos de más cualidad allí se encubrían. Asaz era amiga de
estudiantes y despenseros y mozos de abades. A éstos vendía ella aquella sangre
inocente de las cuitadillas, la cual ligeramente aventuraban en esfuerzo de la
restitución que ella les prometía. Subió su hecho a más:[92] que por medio de aquéllas
comunicaba con las más encerradas, hasta traer a ejecución su propósito. Y [de]
aquestas (en tiempo honesto como estaciones,[93] procesiones de noche,
misas del gallo, misas del alba e otras secretas devociones) muchas encubiertas
vi entrar en su casa; tras ellas hombres descalzos, contritos y rebozados,
desatacados, que entraban allí a llorar sus pecados. ¡Qué tráfagos, si piensas,
traía! Se hacía física[94] de niños, tomaba estambre[95] de unas casas, lo daba a
hilar en otras, por achaque de entrar en todas. Las unas: «¡madre acá!»; las
otras: «¡madre acullá!», «¡cata la vieja!», «¡ya viene el ama!»; de todos muy
conocida. Con todos estos afanes, nunca pasaba sin misa ni vísperas, ni dejaba
monasterios de frailes ni de monjas. Esto porque allí hacía ella sus aleluyas[96] y conciertos (…) Hacía
con esto maravillas; que cuando vino por aquí el embajador francés, tres veces
vendió por virgen una criada que tenía.
CALISTO. ¡Así pudiera ciento!
PÁRMENO. ¡Sí, santo Dios! Y
remediaba por caridad muchas huérfanas y erradas que se encomendaban a ella. Y
en otro apartado tenía para remediar amores y para quererse bien. Tenía huesos
de corazón de ciervo, lengua de víbora, cabezas de codornices, sesos de asno,
tela de caballo, mantillo de niño, haba morisca, guija marina, soga de
ahorcado, flor de yedra, espina de erizo, pie de tejón, granos de helecho, la
piedra del nido del águila y otras mil cosas. Venían a ella muchos hombres y
mujeres: y a unos demandaba el pan donde mordían; a otros, de su ropa; a otros,
de sus cabellos; a otros pintaba en la palma letras con azafrán; a otros, con
bermellón; a otros daba unos corazones de cera llenos de agujas quebradas e
otras cosas en barro y en plomo hechas, muy espantables al ver. Pintaba
figuras, decía palabras en tierra.[97] ¿Quién te podrá decir lo
que esta vieja hacía? Y todo era burla y mentira.
CALISTO. Bien está, Pármeno.
Déjalo para más oportunidad.[98] Asaz soy de ti avisado.
Te lo tengo en gracia. No nos detengamos, que la necesidad desecha la tardanza.
Oye, aquella viene rogada: espera más que debe. Vamos, no se indigne. Yo temo,
y el temor reduce la memoria e a la providencia despierta. ¡Sus! Vamos,
proveamos. Pero te ruego, Pármeno, la envidia de Sempronio, que en esto me
sirve y complace, no ponga impedimento en el remedio de mi vida; que si para él
hubo jubón, para ti no faltará sayo. Ni pienses que tengo en menos tu consejo y
aviso que su trabajo y obra. Como lo espiritual sepa yo que precede a lo
corporal, y que puesto que las bestias corporalmente trabajan más que los
hombres por eso son pensadas y curadas, pero no amigas de ellos: en tal
diferencia serás conmigo en respecto de Sempronio. Y so secreto sello,
pospuesto el dominio, por tal amigo a ti me concedo.
PÁRMENO. Me quejo, señor, de la
duda de mi fidelidad y servicio, por los prometimientos y amonestaciones tuyas.
¿Cuándo me viste, señor, envidiar, o por ningún interés ni resabio tu provecho
estorcer?[99]
CALISTO. No te escandalices que
sin duda tus costumbres y gentil crianza, en mis ojos, ante todos los que me
sirven están. Mas como en caso tan arduo, donde todo mi bien y vida pende, es
necesario proveer,[100] proveo a los
acontecimientos. Como quiera que creo que tus buenas costumbres sobre buen
natural florecen, como el buen natural sea principio del artificio. Y no más,
sino vamos a ver la salud.
CELESTINA. (Afuera) Pasos oigo.
Acá descienden. Haz, Sempronio, que no lo oyes. Escucha y déjame hablar lo que
a ti y a mí me conviene.
SEMPRONIO. (Afuera) Habla.
CALISTO. Pármeno, deténte. Ce,
escucha qué hablan éstos. Veamos en qué vivimos
CELESTINA. (Afuera) ¡No me
congojes ni me importunes, que sobrecargar el cuidado es aguijar al animal
congojoso! ¡Así sientes la pena de tu amo Calisto que parece que tú eres él y
él tú, y que los tormentos son en un mismo sujeto! ¡Pues cree que yo no vine
acá por dejar este pleito indeciso, o morir en la demanda!
CALISTO. ¡Oh notable mujer! ¡Oh
bienes mundanos, indignos de ser poseídos de tan alto corazón! ¡Oh fiel y
verdadero Sempronio! ¿Has visto, mi Pármeno? ¿Oíste? ¿Tengo razón? ¿Qué me
dices, rincón de mi secreto y consejo y alma mía?
PÁRMENO. Protestando[101] mi inocencia en la
primera sospecha y cumpliendo con la fidelidad por que te me concediste,
hablaré. Óyeme, y el afecto no te ensorde ni la esperanza del deleite te
ciegue. Témplate y no te apresures; que muchos con codicia de dar en el fiel,[102] yerran el blanco. Aunque
soy mozo, cosas he visto asaz, y el seso y la vista de las muchas cosas
demuestran la experiencia. De verte, o de oírte descender por la escalera,
parlan lo que éstos fingidamente han dicho, en cuyas falsas palabras pones el
fin de tu deseo.
SEMPRONIO. (Afuera) Celestina,
ruinmente suena lo que Pármeno dice.
CELESTINA. (Afuera) Calla que,
para mi santiguada,[103] donde vino el asno
vendrá el albarda. Déjame tú a Pármeno, que yo te le haré uno de nosotros; y de
lo que hubiéremos, démosle parte: que los bienes si no son comunicados, no son
bienes. Ganemos todos, partamos todos, holguemos todos. Yo te le traeré manso e
benigno a picar el pan en el puño, y seremos dos a dos y, como dicen, tres al
mohíno.[104]
CALISTO. ¡Sempronio!
SEMPRONIO. (Afuera) ¿Señor?
CALISTO. ¿Qué haces, llave de mi
vida? ¡Abre! ¡Oh Pármeno, ya la veo: sano soy, vivo soy! ¿Miras qué reverenda
persona, qué acatamiento? Por la mayor parte, por la fisonomía es conocida la
virtud interior. ¡Oh vejez virtuosa, oh virtud envejecida! ¡Oh gloriosa
esperanza de mi deseado fin, oh fin de mi deleitosa esperanza! ¡Oh salud de mi
pasión, reparadora de mi tormento, regeneración mía, vivificación de mi vida,
resurrección de mi muerte! Deseo llegar a ti, codicio besar esas manos llenas
de remedio. La indignidad de mi persona lo embarga. Desde aquí adoro la tierra
que huellas y en reverencia tuya la beso.
CELESTINA. (Aparte) ¡Sempronio,
de aquéllas vivo yo! Los huesos que yo roí piensa este necio de tu amo de darme
a comer. Pues ál le sueño,[105] al freír lo verá. Dile
que cierre la boca y comience abrir la bolsa: que de las obras dudo, cuanto más
de las palabras. ¡Jo que te estriego, asna coja! Más habías de madrugar.
PÁRMENO. (Aparte) ¡Ay de orejas
que tal oyen! Perdido es quien tras perdido anda. ¡Oh Calisto desventurado,
abatido, ciego! ¡Y en tierra está: adorando a la más antigua puta tierra, que
fregaron[106]
sus espaldas en todos los burdeles! Deshecho es, vencido es, caído es. No es
capaz de ninguna redención, ni consejo, ni esfuerzo.
CALISTO. ¿Qué decía la madre?
Paréceme que pensaba que le ofrecía palabras por excusar galardón.[107]
SEMPRONIO. Así lo sentí.
CALISTO. Pues ven conmigo. Trae
las llaves, que yo sanaré su duda.
SEMPRONIO. Bien harás. Y luego
vamos, que no se debe dejar crecer la yerba entre los panes, ni la sospecha en
los corazones de los amigos; sino limpiarla luego con el escardilla[108] de las buenas obras.
CALISTO. Astuto hablas. Vamos y
no tardemos.
CELESTINA. Pláceme, Pármeno, que
habemos habido oportunidad para que conozcas el amor mío contigo e la parte que
en mi inmérito tienes. Y digo inmérito por lo que te he oído decir, de que no
hago caso. Porque virtud nos amonesta sufrir las tentaciones y no dar mal por
mal; y especialmente cuando somos tentados por mozos y no bien instruidos en lo
mundano, y que con necia lealtad pierden a sí y a sus amos, como ahora tú a
Calisto. Bien te oí. Y no pienses que el oír, con los otros exteriores sesos,
mi vejez haya perdido; que no sólo lo que veo y oigo conozco, mas aun lo
«intrínsico» con los intelectuales ojos penetro. Has de saber, Pármeno, que
Calisto anda de amor quejoso. Y no lo juzgues por eso por flaco, que el amor
impervio[109]
todas las cosas vence. Y sabe, si no sabes, que dos conclusiones son
verdaderas: la primera, que es forzoso el hombre amar a la mujer y la mujer al
hombre; la segunda, que el que verdaderamente ama es necesario que se turbe con
la dulzura del soberano deleite que por el hacedor de las cosas fue puesto por
que el linaje de los hombres se perpetuase, sin lo cual perecería. Y no sólo en
la humana especie, mas en los peces, en las bestias, en las aves, en las
reptilias. Y en lo vegetativo algunas plantas han este respecto si, sin
interposición de otra cosa, en poca distancia de tierra están puestas; en que
hay determinación de herbolarios y agricultores, ser machos y hembras. ¿Qué
dirás a esto, Pármeno? ¡Neciuelo, loquito, angelico, perlica, simplecico! ¿Lobitos[110] en tal gestico? Llégate
acá, putico, que no sabes nada del mundo ni de sus deleites. ¡Mas rabia mala me
mate si [no] te acerco a mí, aunque vieja! Que la voz tienes ronca, las barbas
te apuntan: ¡mal sosegadilla debes tener la punta de la barriga!
PÁRMENO. ¡Como cola de alacrán!
CELESTINA. Y aun peor: que la
otra muerde sin hinchar y la tuya hincha por nueve meses.
PÁRMENO. ¡Ji, ji, ji!
CELESTINA. ¿Te ríes, landrecilla,[111] hijo?
PÁRMENO. Calla, madre, no me
culpes ni me tengas, aunque mozo, por insapiente.[112] Amo a Calisto porque le
debo fidelidad, por crianza, por beneficios, por ser de él honrado y bien
tratado, que es la mayor cadena: que el amor del servidor al servicio del señor
prende, cuanto lo contrario aparta. Le veo perdido, y no hay cosa peor que ir
tras deseo sin esperanza de buen fin; y especial, pensando remediar su hecho
tan arduo e difícil con vanos consejos y necias razones de aquel bruto
Sempronio, que es pensar sacar aradores[113] a pala y azadón. No lo
puedo sufrir. Lo digo y lloro.
CELESTINA. Pármeno, ¿tú no ves
que es necedad o simpleza llorar por lo que con llorar no se puede remediar?
PÁRMENO. Por eso lloro; que si
con llorar fuese posible traer a mi amo el remedio, tan grande sería el placer
de la tal esperanza, que de gozo no podría llorar. Pero así, perdida ya toda la
esperanza, pierdo la alegría y lloro.
CELESTINA. Lloras sin provecho
por lo que llorando estorbar no podrás, ni sanarlo presumas. ¿A otros no ha
acontecido esto, Pármeno?
PÁRMENO. Sí, pero a mi amo no le
querría doliente.
CELESTINA. No lo es. Mas aunque
fuese doliente, podría sanar.
PÁRMENO. No curo de lo que dices,
porque en los bienes mejor es el acto que la potencia y en los males mejor la
potencia que el acto. Así que mejor es ser sano que poderlo ser y mejor es
poder ser doliente que ser enfermo por acto; y, por tanto, es mejor tener la
potencia en el mal que el acto.
CELESTINA. ¡Oh malvado, como que
no se te entiende! ¿Tú no sientes su enfermedad? ¿Qué has dicho hasta ahora?
¿De qué te quejas? Pues burla, o di por verdad lo falso y cree lo que
quisieres, que él es enfermo por acto y el poder ser sano es en mano de esta
flaca vieja.
PÁRMENO. Más de esta flaca...
puta... vieja.
CELESTINA. ¡Putos días vivas,
bellaquillo! ¿Y cómo te atreves?
PÁRMENO. Como te conozco.
CELESTINA. ¿Quién eres tú?
PÁRMENO. ¿Quién? Pármeno, hijo de
Alberto, tu compadre, que estuve contigo un poco tiempo que te me dio mi madre;
cuando morabas a la cuesta del río, cerca de las tenerías.[114]
CELESTINA. ¡Jesús, Jesús, Jesús!
¿Y tú eres Pármeno, hijo de la Claudina?
PÁRMENO. ¡Alahé, yo!
CELESTINA. ¡Pues fuego malo te
queme, que tan puta vieja era tu madre como yo! ¿Por qué me persigues, Pármeno?
¡Él es, él es, por los santos de Dios! Allégate a mí, ven acá, que mil azotes y
puñadas te di en este mundo y otros tantos besos. ¿Te acuerdas cuando dormías a
mis pies, loquito?
PÁRMENO. Sí, en buena fe. Y
algunas veces, aunque era niño, me subías a la cabecera y me apretabas contigo
y, porque olías a vieja, me huía de ti.
CELESTINA. ¡Mala landre te mate!
¡Y cómo lo dice el desvergonzado! Dejadas burlas y pasatiempos, oye ahora, mi
hijo, y escucha; que aunque a un fin soy llamada, a otro soy venida y, aunque
contigo me haya hecho de nuevas, tú eres la causa. Hijo, bien sabes cómo tu
madre, que Dios haya, te me dio viviendo tu padre. El cual, como de mí te
fuiste, con otra ansia no murió sino con la incertidumbre de tu vida e persona;
por la cual ausencia, algunos años de su vejez sufrió angustiosa y cuitosa[115] vida. Y al tiempo que de
ella pasó,[116]
envió por mí y en su secreto te me encargó, y me dijo (sin otro testigo sino
Aquel que es testigo de todas las obras y pensamientos, y los corazones y
entrañas escudriña, al cual puso entre él y mí) que te buscase y allegase y
abrigase. Y cuando de cumplida edad fueses, tal que en tu vivir supieses tener
manera y forma, te descubriese adónde dejó encerrada tal copia[117] de oro y plata que basta
más que la renta de tu amo Calisto. Y porque se lo prometí (y con mi promesa
llevó descanso, y la fe es de guardar más que a los vivos a los muertos, que no
pueden hacer por sí), en pesquisa y seguimiento tuyo he gastado asaz tiempo y
cuantías.[118]
Hasta ahora, que ha placido a Aquél (que todos los cuidados tiene, y remedia
las justas peticiones y las piadosas obras endereza) que te hallase aquí, donde
solos ha tres días que sé que moras. Sin duda dolor he sentido, porque has por
tantas partes vagado y peregrinado, que ni has habido provecho ni ganado deudo[119] ni amistad; que, como
Séneca dice, los peregrinos tienen muchas posadas y pocas amistades, porque en
breve tiempo con ninguno pueden afirmar amistad. Y el que está en muchos cabos,
está en ninguno. Ni puede aprovechar el manjar a los cuerpos que, en comiendo,
se lanza; ni hay cosa que más la sanidad impida que la diversidad y mudanza y
variación de los manjares. Y nunca la llaga viene a cicatrizar en la cual
muchas medicinas se tientan;[120] ni convalece la planta
que muchas veces es traspuesta;[121] y no hay cosa tan
provechosa que en llegando aproveche. Por tanto, mi hijo, deja los ímpetus de
la juventud y tórnate, con la doctrina de tus mayores, a la razón. Reposa en
alguna parte. ¿Y dónde mejor que en mi voluntad, en mi ánimo, en mi consejo, a
quien tus padres te remitieron? Y yo, así como verdadera madre tuya te digo (so
las maldiciones que tus padres te pusieron si me fueses inobediente) que por el
presente sufras y sirvas a este tu amo que procuraste, hasta en ello haber otro
consejo mío. Pero no con necia lealtad, proponiendo firmeza sobre lo movible,
como son estos señores de este tiempo. Y tú gana amigos, que es cosa durable.
Ten con ellos constancia. No vivas en flores. Deja los vanos prometimientos de
los señores, los cuales desechan la sustancia de sus sirvientes con huecos e
vanos prometimientos, como la sanguijuela saca la sangre: desagradecen,
injurian, olvidan servicios, niegan galardón. ¡Ay de quien en palacio envejece!
Como se escribe de la Probática Piscina:[122] que de ciento que
entraban, sanaba uno. Estos señores de este tiempo más aman a sí que a los
suyos, y no yerran; los suyos igualmente lo deben hacer. Perdidas son las
mercedes, las magnificencias, los actos nobles. Cada uno de estos, cautiva y
mezquinamente, procura su interés con los suyos; pues aquéllos no deben menos
hacer, como sean en facultades menores, sino vivir a su ley. Lo digo, hijo
Pármeno, porque este tu amo, como dicen, me parece rompenecios:[123] de todos se quiere
servir sin merced. Mira bien, créeme. En su casa cobra amigos, que es el mayor
precio mundano; que con él no pienses tener amistad, como por la diferencia de
los estados o condiciones pocas veces contezca. Caso es ofrecido, como sabes,
en que todos medremos y tú por el presente te remedies. Que lo al[124] que te he dicho,
guardado te está a su tiempo. Y mucho te aprovecharás siendo amigo de
Sempronio.
PÁRMENO. Celestina, todo tremo en
oírte. No sé qué haga, perplejo estoy. Por una parte, te tengo por madre; por
otra, a Calisto por amo. Riqueza deseo. Pero quien torpemente sube a lo alto,
más deprisa cae que subió. No querría bienes mal ganados.
CELESTINA. Yo sí. A tuerto o a
derecho, nuestra casa hasta el techo.
PÁRMENO. Pues yo con ellos no
viviría contento, e tengo por honesta cosa la pobreza alegre. Y aun más te
digo: que no los que poco tienen son pobres, mas los que mucho desean. Y por
esto, aunque más digas, no te creo en esta parte. Querría pasar la vida sin
envidia; los yermos y aspereza, sin temor; el sueño, sin sobresalto; las
injurias, con respuesta [que] le dé la fuerza sin denuesto; las premias,[125] con resistencia.
CELESTINA. ¡Oh hijo, bien dicen
que la prudencia no puede ser sino en los viejos, y tú mucho mozo eres!
PÁRMENO. Mucho segura es la mansa
pobreza.
CELESTINA. Más di, como mayor,
que la Fortuna ayuda a los osados. Y además de esto, ¿quién es, que tenga
bienes en la república, que escoja vivir sin amigos? Pues, loado Dios, bienes
tienes. ¿Y no sabes que has menester amigos para los conservar? Y no pienses
que tu privanza con este señor te hace seguro: que cuanto mayor es la fortuna,
tanto es menos segura; y, por tanto, en los infortunios el remedio es [acudir]
a los amigos. ¿Y a dónde puedes ganar mejor este deudo que donde las tres
maneras de amistad concurren, conviene a saber: por bien y provecho y deleite?
Por bien: mira la voluntad de Sempronio conforme a la tuya e la gran similitud
que tú y él en la virtud tenéis. Por provecho: en la mano está, si sois
concordes. Por deleite: semejable es, como seáis en edad dispuestos para todo
linaje de placer, en que más los mozos que los viejos se juntan; así como: para
jugar, para vestir, para burlar, para comer y beber, para negociar amores
juntos de compañía. ¡Oh si quisieses, Pármeno, qué vida gozaríamos! Sempronio
ama a Elicia, prima de Areúsa.
PÁRMENO. ¿De Areúsa?
CELESTINA. De Areúsa.
PÁRMENO. ¿De Areúsa, hija de
Eliso?
CELESTINA. De Areúsa, hija de
Eliso.
PÁRMENO. ¿Cierto?
CELESTINA. Cierto.
PÁRMENO. Maravillosa cosa es.
CELESTINA. Pero, ¿bien te parece?
PÁRMENO. No cosa mejor.
CELESTINA. Pues tu buena dicha
quiere, aquí está quien te la dará.
PÁRMENO. Mi fe,[126] madre, no creo a nadie.
CELESTINA. Extremo[127] es creer a todos y yerro
no creer a ninguno.
PÁRMENO. Digo que te creo, pero
no me atrevo. Déjame.
CELESTINA. ¡Oh mezquino, de
enfermo corazón es no poder sufrir el bien! Da Dios habas a quien no tiene
quijadas. ¡Oh simple, dirás que adonde hay mayor entendimiento, hay menor
fortuna; y donde más indiscreción, allí es mejor la fortuna y dichas son!
PÁRMENO. ¡Oh Celestina! He oído a
mis mayores que un ejemplo de lujuria o avaricia mucho mal hace, y que con
aquellos debe hombre conversar que le hagan mejor y aquellos dejar a quien él
mejores piensa hacer. Y Sempronio, en su ejemplo, no me hará mejor, ni yo a él
sanaré su vicio. Y puesto que yo a lo que dices me incline, sólo yo querría
saberlo; por que, a lo menos por el ejemplo, fuese oculto el pecado. Y si hombre
vencido del deleite va contra la virtud, no se atreva a la honestidad.
CELESTINA. Sin prudencia hablas,
que de ninguna cosa es alegre posesión sin compañía. No te retraigas ni
amargues, que la Natura huye lo triste y apetece lo deleitable. El deleite es
con los amigos en las cosas sensuales, y especial en recontar las cosas de
amores y comunicarlas: esto hice; esto otro me dijo; tal donaire pasamos; de
tal manera la tomé; así la besé; así me mordió; así la abracé; así se allegó;
¡oh qué habla, oh qué gracia, oh qué juegos, oh qué besos!; vamos allá;
volvamos acá; ande la música; pintemos los motes;[128] cantemos canciones,
[hagamos] invenciones y justemos[129] qué cimera[130] sacaremos o qué letra;
ya va a la misa; mañana saldrá; rondemos su calle; mira su carta; vamos de
noche; tenme el escala; aguarda a la puerta; ¿cómo te fue?; cata el cornudo,
sola la deja; dale otra vuelta; tornemos allá... Y para esto, Pármeno, ¿hay
deleite sin compañía? ¡Alahé, alahé, la que las sabe las tañe! Este es el
deleite; que lo ál,[131] mejor lo hacen los asnos
en el prado.
PÁRMENO. No querría, madre, me
convidases a consejo con amonestación de deleite. Como hicieron los que,
careciendo de razonable fundamento opinando, hicieron sectas envueltas en dulce
veneno para captar y tomar las voluntades de los flacos, y con polvos de
sabroso afecto cegaron los ojos de la razón.
CELESTINA. ¿Qué es razón, loco?,
¿qué es afecto, asnillo? La discreción, que no tienes, lo determina. Y de la
discreción mayor es la prudencia, y la prudencia no puede ser sin experimento,
y la experiencia no puede ser más que en los viejos. Y los ancianos somos
llamados padres y los buenos padres bien aconsejan a sus hijos; y especial yo a
ti, cuya vida y honra más que la mía deseo. ¿y cuándo me pagarás tú esto?
Nunca, pues a los padres y a los maestros [no] puede ser hecho servicio
igualmente.
PÁRMENO. Todo me recelo, madre,
de recibir dudoso consejo.
CELESTINA. ¿No quieres? Pues
decirte he lo que dice el sabio: al varón que con dura cerviz al que le castiga[132] menosprecia, arrebatado
quebrantamiento le vendrá y sanidad ninguna le conseguirá. Y así, Pármeno, me
despido de ti y de este negocio.
PÁRMENO. (Aparte) Ensañada está
mi madre. Duda tengo en su consejo. Yerro es no creer y culpa creerlo todo. Más
humano es confiar. Mayormente en esta que interés promete do provecho nos
puede, allende de amor, conseguir. Oído he que debe hombre a sus mayores creer.
Ésta, ¿qué me aconseja? Paz con Sempronio. La paz no se debe negar: que
bienaventurados son los pacíficos, que hijos de Dios serán llamados; amor no se
debe rehuír, [por] caridad a los hermanos; interés pocos le apartan. Pues la
quiero complacer y oír. (En voz alta) Madre, no se debe ensañar el maestro de
la ignorancia del discípulo. Si no, raras veces por la ciencia, que es de su
natural comunicable, y en pocos lugares se podría infundir [conocimiento]. Por
eso perdóname. Háblame, que no sólo quiero oírte y creerte, mas en singular
merced recibir tu consejo. Y no me lo agradezcas, pues el loor y las gracias de
la acción más al dante, que no al recibiente, se deben dar. Por eso, manda, que
a tu mandado mi consentimiento se humilla.
CELESTINA. De los hombres es
errar y bestial es la porfía. Por ende me gozo, Pármeno, que hayas limpiado las
turbias telas de tus ojos y respondido al reconocimiento, discreción y ingenio
sutil de tu padre; cuya persona, ahora representada en mi memoria, enternece
los ojos piadosos por do tan abundantes lágrimas ves derramar. Algunas veces
duros propósitos, como tú, defendía; pero luego tornaba a lo cierto. En Dios y
en mi ánima, que en ver ahora lo que has porfiado y cómo a la verdad eres
reducido, no parece sino que vivo le tengo delante. ¡Oh qué persona! ¡Oh qué
hartura! ¡Oh qué cara tan venerable! Pero callemos, que se acerca Calisto y tu
nuevo amigo Sempronio, con quien tu conformidad para más oportunidad dejo; que
dos en un corazón viviendo son más poderosos, de hacer y de entender.
CALISTO. Duda traigo, madre,
según mis infortunios, de hallarte viva. Pero más es maravilla, según el deseo,
de cómo llego vivo. Recibe la dádiva pobre de aquel que con ella la vida te
ofrece.
CELESTINA. Como en el oro muy
fino, labrado por la mano del sutil artífice, la obra sobrepuja[133] a la materia, así se
aventaja a tu magnífico dar la gracia y forma de tu dulce liberalidad. Y sin
duda la presta dádiva su efecto ha doblado; porque la que tarda, el
prometimiento muestra negar e arrepentirse del don prometido.
PÁRMENO. (Aparte) ¿Qué le dio,
Sempronio?
SEMPRONIO. (Aparte) Cien monedas
de oro.
PÁRMENO. (Aparte) ¡Ji, ji, ji!
SEMPRONIO. (Aparte) ¿Habló
contigo la madre?
PÁRMENO. (Aparte) Calla, que sí.
SEMPRONIO. (Aparte) Pues, ¿cómo
estamos?
PÁRMENO. (Aparte) Como quisieres,
aunque estoy espantado.
SEMPRONIO. (Aparte) Pues calla,
que yo te haré espantar dos tanto.[134]
PÁRMENO. (Aparte) ¡Oh Dios! No
hay pestilencia más eficaz que el enemigo de casa para empecer.[135]
CALISTO. Ve ahora, madre, y
consuela tu casa y después ven y consuela la mía, y luego.
CELESTINA. Quede Dios contigo.
CALISTO. Y él te me guarde.
[1] Faltas,
necesidades
[2] Critican
censuran
[3] Hoy en día
[4] Impidiera
[5] Se dirige
[6] Cautiverio
[7] De buena gana
[8] De escasa
inteligencia
[9] En apariencia
[10] Sabio
[11] Llena
[12] Lucidez
[13] Pelea
[14] Tiemblan
[15] Cuento que
dicen las viejas junto al fuego
[16] Más allá
[17] Sucio
[18] Dispersa, pone
en huida
[19] Nave
[20] Muy rápido
[21] Explicará
[22] Desacuerdo
[23] Se quedan en
la superficie
[24] Reúnen todo
[25] Desacuerdos
[26] Solicitado
[27] Sin merecerlo
[28] Contemplación
[29] Compuesto de
alma y cuerpo
[30] Horrible
[31] Empeño
[32] Percha
[33] En seguida
[34] En el corazón
de Melibea, hija de Pleberio
[35] No me preocupo
[36] Disfruto
[37] Otra cosa
[38] Aunque
[39] Bastante
[40] Inflaman
[41] Mejore
[42] Después del
amo, el criado
[43] Lo mejor
[44] Más fácil es
curarse
[45] No necesito
más
[46] Esfuerzo
[47] Heridos como
los toros
[48] De otro humor
está Calisto
[49] Vuelve a
decirlo
[50] Las valoraron
[51] No te lleve a
error
[52] Engaños
[53] Debajo de
[54] Adornos
[55] Cloacas
[56] Imitases
[57] Por costumbre
[58] Tratar
[59] Además de esto
[60] Por destino
[61] Alivio
[62] Debatir
[63] Te ayude Dios,
pero en sentido irónico
[64] Las plantas de
los pies
[65] Peinados
[66] Todo lo
brevemente que pude
[67] De aumento
[68] Tela de seda
tejida con plata y oro
[69] Hace mucho
tiempo
[70] Hiciste volver
[71] Alegría,
alegría
[72] Mírale aquí
[73] Expresión
frecuente para maldecir
[74] Puede
[75] No lo
preguntes
[76] Fraile
[77] Heridas de
animal
[78] Heridas de
animal
[79] Desear
beneficio para repartir
[80] Preparativos
[81] Lo sé
[82] Mover el ojo
[83] Seguridad
[84] Pintada
[85] Golpes
[86] Los que
trabajan la lana
[87] Al perder en
el juego, en seguida se oyen sus alabanzas
[88] Pedida
[89] Provista
[90] Costurera
[91] Con la excusa
de
[92] Fue a más
[93] Durante la
Semana Santa, visitas a las iglesias
[94] Médica
[95] Lana
[96] Muestras de
afecto fingido
[97] Prácticas de
brujería
[98] Para otra y
mejor ocasión
[99] Impedir
[100] Prevenir
[101] Declarando
[102] Acertar en el
blanco
[103] Fórmula de
juramento
[104] Tres contra
uno
[105] Otra cosa le
deseo
[106] Restregaron
[107] Para no darle
la recompensa
[108] Herramienta
agrícola
[109] Constante
[110] Muecas
[111] Tumorcillo,
con valor afectivo
[112] Inexperto
[113] Parásitos que
producen la sarna
[114] Fábricas de
cueros
[115] Preocupada
[116] Murió
[117] Abundancia
[118] Dinero
[119] Familiar
[120] Se prueban
[121] Transplantada
[122] Célebre
estanque de agua del templo de Salomón
[123] Que no quiere
pagar a sus criados
[124] Lo otro
[125] Prisas
[126] Por mi fe
[127] Excesivo
[128] Sentencia
breve y graciosa
[129] Ejercicios de
armas
[130] Adorno
[131] Lo otro, en
sentido obsceno
[132] Aconsejar
[133] Supera
[134] Doblemente
[135] Dañar
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