Todo es acostumbrarse. El primer perro
que uno acalla colgándolo de un árbol
o enterrándolo vivo en algún hoyo,
tal vez a alguien le cause una aprensión
o le produzca un cierto escalofrío.
Mas si sigue le llega a tomar gusto
y amplía la experiencia a otras especies.
Igual que el cazador que se ha habituado
a vigilar a las presas. Y a parar
el veloz movimiento de la vida.
Todo es acostumbrarse simplemente.
Matar los animales no es un trauma
para quien lo práctica con frecuencia.
Es el puro reflejo placentero
de liquidar urgencias sin reparos.
Y con los seres humanos le es lo mismo.
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