CANTO IX
“Yo escogí a mis doce mejores compañeros y me
puse en camino. Llevaba un
pellejo de cabra con negro, agradable vino que me había dado Marón, el hijo de Evanto, el sacerdote de Apolo... y también provisiones en un saco de cuero, porque mi noble ánimo barruntó que marchaba en busca de un hombre dotado de gran fuerza, salvaje, desconocedor de la justicia y de las leyes.
pellejo de cabra con negro, agradable vino que me había dado Marón, el hijo de Evanto, el sacerdote de Apolo... y también provisiones en un saco de cuero, porque mi noble ánimo barruntó que marchaba en busca de un hombre dotado de gran fuerza, salvaje, desconocedor de la justicia y de las leyes.
Llegamos enseguida a su cueva y
no lo encontramos dentro, sino que guardaba sus gordos rebaños en el pasto. Con
que entramos en la cueva y echamos un vistazo a cada cosa: los canastos se
inclinaban bajo el peso de los quesos, y los establos estaban llenos de
corderos y cabritillos. Todos estaban cerrados por separado: a un lado los
lechales, a otro los medianos y a otro los recentales.
Y todos los recipientes rebosaban
de suero -colodras y jarros bien construidos, con los que ordeñaba.
Entonces mis compañeros me
rogaron que nos apoderásemos de los quesos y regresáramos, y que sacáramos
luego de los establos cabritillos y corderos y, conduciéndolos a la rápida
nave, diéramos velas sobre el agua salada. Pero yo no les hice caso -aunque
hubiera sido más ventajoso-, para poder ver al monstruo y por si me daba los
dones de hospitalidad. Pero su aparición no iba a ser deseable para mis
compañeros.
Así que, encendiendo una fogata,
hicimos un sacrificio, repartimos los quesos, los comimos y aguardamos sentados
dentro de la cueva hasta que llegó conduciendo el rebaño. Traía el Cíclope una
pesada carga de leña seca para su comida y la tiró dentro con gran ruido.
Nosotros nos arrojamos atemorizados al fondo de la cueva, y él a continuación
introdujo sus gordos rebaños, todos cuantos solía ordeñar... Después levantó
una gran roca y la colocó arriba, tan pesada que no la habrían levantado del
suelo ni veintidós buenos carros de cuatro ruedas: ¡tan enorme piedra colocó
sobre la puerta! Sentóse luego a ordeñar las ovejas y las baladoras cabras,
cada una en su momento, y debajo de cada una colocó un recental. Enseguida puso
a cuajar la mitad de la blanca leche en cestas bien entretejidas y la otra
mitad la colocó en cubos, para beber cuando comiera y le sirviera de adición al
banquete.
Cuando hubo realizado todo su
trabajo, prendió fuego, y al vernos nos preguntó:
"Forasteros, ¿quiénes sois?
¿De dónde venís navegando los húmedos senderos? ¿Andáis errantes por algún
asunto, o sin rumbo como los piratas por la mar, los que andan a la aventura
exponiendo sus vidas y llevando la destrucción a los de otras tierras?"
Así habló, y nuestro corazón se estremeció por miedo a su voz insoportable y a él mismo, al gigante. Pero le contesté con mi palabra y le dije;
Así habló, y nuestro corazón se estremeció por miedo a su voz insoportable y a él mismo, al gigante. Pero le contesté con mi palabra y le dije;
"Somos aqueos y hemos venido
errantes desde Troya, zarandeados por toda clase de vientos sobre el gran
abismo del mar, desviados por otro rumbo, por otros caminos, aunque nos
dirigimos de vuelta a casa. Así quiso Zeus proyectarlo. Nos preciamos de
pertenecer al ejército del Atrida Agamenón, cuya fama es la más grande bajo el
cielo: ¡tan gran ciudad ha devastado y tantos hombres ha hecho sucumbir
.Conque hemos dado contigo y nos hemos llegado a tus rodillas por si nos
ofreces hospitalidad...
La nave me la ha destrozado Posidón,
el que conmueve la tierra; la ha lanzado contra los escollos en los confines de
vuestro país, y el viento la arrastró del ponto. Por ello he escapado junto con
estos de la dolorosa muerte"
Así hablé, y él no me contestó
nada con corazón cruel, mas lanzóse y echó mano a mis compañeros. Agarró a dos
a la vez y los golpeó contra el suelo como a cachorrillos, y sus sesos se
esparcieron por el suelo empapando la tierra. Cortó en trozos sus miembros, se
los preparó como cena y se los comió, como un león montaraz, sin dejar ni sus
entrañas ni sus carnes ni sus huesos...
Y cuando se mostró Eos, la que
nace de la mañana, la de dedos de rosa...[el cíclope] condujo fuera de la cueva
sus rebaños retirando con gran facilidad la gran piedra de la entrada. Y la
volvió a poner como si colocara la tapa a una aljaba. Y mientras el cíclope
encaminaba con gran estrépito sus rebaños hacia el monte, yo me quedé meditando
males en lo profundo de mi pecho: ¡si pudiera vengarme y Atenea me concediera
esto que la suplico...!
Y ésta fue la decisión que me
pareció mejor. Junto al establo yacía la enorme clava del cíclope, verde, de
olivo; al mirarla la comparábamos con el mástil de una negra nave de veinte
bancos de remeros... Me acerqué y corté de ella como una braza, la coloqué junto
a mis compañeros y les ordené que la afilaran, Éstos la alisaron y luego me
acerqué yo, le agucé el extremo y después la puse al fuego para endurecerla.
Llegó el cíclope por la tarde
conduciendo sus ganados de hermosos vellones... Luego que hubo realizado sus
trabajos agarró a dos compañeros a la vez y se los preparó como cena. Entonces
me acerqué y le dije:
"¡Aquí, cíclope! Bebe vino
después que has comido carne humana, para que veas qué bebida escondía nuestra
nave"
Así hablé, y él la tomó, bebió y
gozó bebiendo la dulce bebida. Y me pidió por segunda vez:
"Dame más de buen grado y
dime ahora ya tu nombre"
Cuando el rojo vino había
invadido la mente del cíclope, me dirigí a él con dulces palabras:
"Cíclope, ¿me preguntas mi
célebre nombre? Te lo voy a decir. Nadie es mi nombre, y Nadie me llaman
mi madre y mi padre y todos mis compañeros"
Y reclinándose, cayó boca arriba.
Entonces, arrimé la estaca bajo el abundante rescoldo para que se calentara.
Mis compañeros tomaron la aguda estaca de olivo y se la clavaron arriba en el
ojo, y yo hacía fuerza desde arriba y le daba vueltas... y la sangre corría por
la estaca caliente... como cuando un herrero sumerge una gran hacha en
agua fría para templarla y ésta estride grandemente -pues éste es el poder del
hierro- así estridía su ojo en torno a la estaca de olivo.
Entonces se extrajo del ojo la
estaca empapada en sangre y, enloquecido, se puso a llamar a grandes voces a
los cíclopes que habitaban en derredor suyo...
"Amigos, Nadie me mata con
engaño y no con sus propias fuerzas"
Y ellos le contestaron y le
dijeron aladas palabras:
"Pues si nadie te ataca y
estás sólo... es imposible escapar de la enfermedad del gran Zeus"
Así dijeron, y se marcharon. Y mi
corazón rompió a reír: ¡cómo los había engañado mi nombre y mi inteligencia
irreprochable!.
No hay comentarios:
Publicar un comentario